Mario Palacios, clase 1962, tenía 19 años cuando estaba haciendo el servicio militar en Comodoro Rivadavia, en el Batallón Logístico 9. Le habían dado dos días de licencia para ir a su hogar y pensó que el motivo era que ya estaba próximo a que le dieran la baja porque ya había comenzado el servicio la clase siguiente. Dejó su teléfono, como se lo solicitaron, y estaba muy contento porque iba a su casa. Pero en realidad la licencia no era tal, dice Mario: “los militares ya sabían, ya habían hecho el embrollo”. Apenas había llegado cuando lo llaman a la casa de su hermano para decirle que tenía que presentarse en el Palomar. A su vez Mario tenía que llamar a otro, y ése a otro, porque se había hecho una cadena para convocarlos.

“Era el manotazo de ahogado que habían armado para permanecer en el poder. Habían hecho un desastre que ya no les entraba en el cajón y necesitaban tiempo para limpiar todo. Ya se venía la onda de que la cosa no le daba para más a los militares”, dice Mario. Y agrega: ’Vamos con el patriotismo’, dijeron ellos. Y ahí tenés la Plaza de Mayo lo que fue, todos con las banderas”.

Mario Palacios foto 1

-¿Qué pensaste cuando te llamaron?

-No caía. Les conté a mis amigos y ellos se pusieron mal, las chicas lloraban. A la noche hicieron un asado como despedida… yo no entendía nada, seguía sin caer. A nosotros no nos decían que íbamos a ir a Malvinas, sino que teníamos que presentarnos en el cuartel. Pensábamos que no pasaba nada, que íbamos como refuerzos, como reservistas. Nos subieron al avión en Palomar, bajamos en Comodoro, al cuartel, y ahí nomás bolsón, portaequipos… entonces nos dimos cuenta de que la cosa no era como pensábamos.

-¿Sentiste miedo?

-¿Sabés que no? Miedo no, incertidumbre. Nos subieron en un Boeing de los chiquitos de Aerolíneas y nos bajaron en Malvinas. Pasó más de un mes hasta que empezó el primer combate. Tomamos conciencia ese día, el 1º. de mayo. Venían preparando lo de los radares aéreos, sonaban. No sabíamos qué era eso, y preguntábamos qué eran esas sirenas. Nos dijeron que eran los radares que empezaban a sonar cuando detectaban un avión y buscaban el blanco.

Ese día comenzaron a sonar las sirenas y no paraban, ya no era un entrenamiento. Sacamos la cabeza y pasaban los Sea Harrier y empezaron a tirar. Ahí empezaron muchos pibes a llorar, otros se descompusieron, otros consolándonos unos a otros… Hubo pibes que no soportaron, que se les hizo un lío en la cabeza, relacionaron la guerra con la muerte, y estaba bien, era lógico.

-Posiblemente esos chicos fueron las primeras víctimas…

-Es muy posible. Había mucho temor ya desde el primer día. Tanto nosotros en tierra como los que iban en el Belgrano éramos todos pibes, todos colimbas. Teníamos instrucción de tiro pero no de guerra, instrucción de guerra nada, nunca. No sabíamos si teníamos que tirar agachados, cómo teníamos que avanzar…

-Me imagino que las armas que les dieron eran obsoletas.

-Sí, los milicos hacen las cosas todo por reglamento. Yo tenía de provisión una Pam, que es una ametralladora para asalto, de las que usa la policía para un problema interno. Tirabas diez tiros y se te calentaba el caño, ¡una porquería! Agarrabas un Fal, no tenían número, ¡cualquiera! Después, cuando estabas ahí, cuando iba pasando el tiempo, ya te hacías como un vaqueano de la guerra, ya te aprendías a manejar, a mover, ya no había ese miedo con los milicos, ya no había respeto, porque antes era el respeto por el miedo: “sí mi General, sí Cabo Primero”. Se acabó Cabo Primero, se acabó todo.

-Hubo muchos abusos por parte de los jefes con sus propios soldados, parecía que el enemigo estaba dentro de las propias trincheras.

-Sí, yo fui uno de los estaqueados. ¿Viste la manía que tienen los milicos de degradarte, de denigrarte? Eso lo utilizaban siempre, y ahí también lo utilizaban. ¿Por qué no nos dejaban comunicar con nuestra familia? ¿Por qué no les podíamos mandar una carta para que supieran que estábamos bien? Eso levanta totalmente el ánimo a tus pares, a tus hermanos, recibís una respuesta de ellos y te circula la sangre, ¿me entendés? Y no nos dejaban mandar cartas. Había muchos pibes llorando, yo tenía muchos compañeros clase 63, sólo dos éramos clase 62; “soldados viejos” nos llamaban. Me puse a la cabeza y les dije que escribieran cartas y me las dieran. Porque no controlaban si vos entrabas o salías, y estábamos cerca del centro, donde estaba el correo.  Todavía no había empezado el combate, si hubiera sido así sería entendible que no nos dejaran llevar correspondencia, pero en ese momento era inexplicable. Por eso queríamos llevar tranquilidad a nuestras familias, decirles que estábamos bien, que estábamos comiendo. Con mi otro compañero de clase 62 cargamos las cartas en un bolso, no teníamos guardia ni nada, salimos de la unidad y nos fuimos caminando por la ruta. Había soldados por todos lados, todos vestidos iguales, pero tuvimos la mala suerte de que pasara el Mayor de nuestra unidad en un jeep, nos bajamos la visera y seguimos. De pronto oímos que el jeep frena y da vuelta, nos pregunta: “soldados, ¿quiénes son?”, le contestamos: “Batallón Logístico 9, Mayor”. Nos llevó hasta el regimiento y ahí nos estaquearon.

-Una vergüenza el maltrato, reconocido hasta por soldados ingleses.

-Sí, es denigrante, ellos se comportaban así en el servicio militar, y siempre. Hicieron una guerra para pelear con sus mismos soldados, ¡terrible! En vez de ponerle ánimo a la tropa, para que los tipos tuvieran ganas, para que luches contra el miedo, contra la angustia que tenés adentro; no, parecía que te estaban atacando a vos.

-Además pasaron frío y hambre.

-Sí, eso obvio. Al principio usaban las cocinas de campaña, se hacía la sémola que nos daban, polenta… después con la historia de que los ingleses traían un misil que buscaba calor, no se podía cocinar. Entonces comíamos corned beef, esas viandas que armaban, pero te llegaban la mitad, porque, por ejemplo, veías la de un Cabo que traía una botellita de whisky “Criadores”, tenía chocolate, bien armada. La vianda era la misma que la nuestra, pero la nuestra tenía corned beef, un par de latas de paté y galletitas. Lo que más bronca dio fue que cuando los ingleses tomaron la isla y cuando nos llevaron al centro de operaciones logísticas –yo no lo vi porque estaba herido-, patearon y abrieron los depósitos y estaban atestados de comida, latas de dulce de batata, chocolates, abarrotados de comida. Es el día de hoy que no entiendo eso. Decían que estaban acopiando para la guerra, pero ¿cuánto iba a durar una guerra con los ingleses? ¿más de lo que duró? Tardaron ellos porque se tomaron su tiempo para bajar… Porque los militares nuestros, en vez de hacer un perímetro -yo no soy militar ni entiendo nada, lo poco que sé es de mirar películas-, para que no desembarcaran, los dejaron desembarcar. Imaginate que una vez que dejaste desembarcar, es como dejarle a un león la puerta abierta de tu casa, te come. Si no querían que bajaran habría que haber minado toda la costra, pero las minas eran insuficientes, no había más para colocar.

-Si se hubieran hecho las cosas bien quizás los resultados hubieran sido otros.

-Si los militares argentinos hubiesen trabajado para lo que estudiaron, hubiese sido diferente. Porque por ahí se perdían vidas, pero por ahí los tipos se podían llegar a retirar, o podían llegar a traer más soldados, pero por lo menos era algo justificado. Decir “fui”, viste, perdieron la vida un montón de pibes pero no tan al pedo. Dejaron bajar a los ingleses, se instalaron, eran especialistas. Fueron avanzando de a poco, atacaban los fines de semana, porque los gurkas cobraban doble. Nosotros estábamos tranquilos de lunes a jueves; los viernes, sábados y domingos, vos no sabías si los misiles te caían en la cabeza. Las tropas tendrían que haber estado más lejos, calculando la distancia a la que llegaban los misiles, nada de eso se hizo.

-Podemos decir que los que volvieron lo hicieron por la gracia divina.

-Sí, gracias a Dios los que volvimos fue el mayor número. Date cuenta que murió más gente en la post guerra y el número de suicidios fue enorme, mucho mayor que el de los que murieron allá.

-¿Qué sentiste cuando volviste?

-Un gran alivio. Yo volví herido en el barco “Bahía Paraíso”, que era nuestro. Los que no estaban heridos volvieron en buques ingleses.

-¿Tu familia sabía que estabas vivo?

-Sí, pero la información que les daba la Escuela no era exacta. Mi mamá creía que yo volvía sin una pierna y cuando llegué y abrí la puerta se me tiró a las piernas. “Tenés las dos, tenés las dos”, me decía. “Sí, tengo las dos, ¿qué pasa vieja?”. Después vinieron mis amigos, todos llorando. Esa parte fue muy emocionante.

-¿Te sentiste el héroe del barrio?

-Sólo por un momento, como la bolsa que levanta un momento y después baja, después bajó. Los que tuvieron suerte pudieron estudiar, otros tuvieron algún amigo o alguien que los pudo encarrilar, o alguna ayuda psicológica. Pero la gran mayoría, nada. Tampoco se conseguía trabajo porque se decía que éramos gente violenta…

-El Estado no se encargó de nada.

-No, en ese momento lo único que hacían los milicos era llamarte para hacerte firmar que te habían tratado bien, que no habías hecho nada, te interrogaban, todo eso, lo único. Pero no te preguntaban si estabas bien, si necesitabas algo, no te hacían ningún chequeo, nada. Por eso los que salieron adelante más rápidamente fueron los que tenían contacto político con el gobierno de Alfonsín. Así que la ayuda era por amistad o porque estabas haciendo una carrera… si no tenías alguien que te acomodara… como fue siempre… Pero lo nuestro era una causa, era un grupo, había que agarrar al grupo y manejarlo, no dejarlo tirado, por eso tantos suicidios. Unos pudieron progresar, otros formaron su familia, otros trabajaron, la remaron como pudieron, bancaron la cabeza como venía y le dieron para delante con el corazón, sin ninguna ayuda externa. Recién en el gobierno de Cristina la pensión que cobramos fue actualizada y tenemos atención médica.

-Nosotros, el pueblo común, a pesar del horror, a pesar de que fueron utilizados por una dictadura siniestra que estaba decadente, les estaremos siempre agradecidos a aquellos chicos inocentes, que dieron todo.

-Fue el manotazo de ahogado de los milicos para perpetuarse en el poder, nosotros fuimos el instrumento, y fuimos el mismo instrumento que le devolvió la democracia al país, porque se perdió la guerra y los milicos desaparecieron. Los políticos no podían hacerlos salir, no iban a entregar el poder. Así que al perder la guerra, cosa que no fue preparada, imaginate que éramos todos pibes, se les terminó todo.

 

Le agradezco a Mario Palacios que me haya contado su durísima experiencia, debemos saber que en el barrio de Catalinas Sur, tenemos un héroe, anónimo para muchos, pero que realmente ha hecho historia. Una historia diferente, una historia que vivirá para siempre en la vida y en la memoria de cada habitante de suelo argentino. También le agradezco por haber sido protagonista de la vuelta a la democracia en nuestro país. Y le pido perdón, en nombre del pueblo, por lo que tuvo que vivir debido a la demencia de los dictadores que pretendían dirigir el destino del país.