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Personajes & Reportajes

Reportajes y PersonajesEn esta sección accedemos a conocer en forma directa a todo tipo de personas, de las más variadas ocupaciones y en las más diversas circunstancias. Gente de ayer y de hoy que dejaron su huella y “escribieron” una historia que merece ser conocida.

Porque todos, absolutamente todos, tenemos algo para contar.

¡Bienvenidos!


Mario Palacios: ex combatiente de Malvinas y luchador de la vida

Mario Palacios, clase 1962, tenía 19 años cuando estaba haciendo el servicio militar en Comodoro Rivadavia, en el Batallón Logístico 9. Le habían dado dos días de licencia para ir a su hogar y pensó que el motivo era que ya estaba próximo a que le dieran la …Continuación

Mario Palacios, clase 1962, tenía 19 años cuando estaba haciendo el servicio militar en Comodoro Rivadavia, en el Batallón Logístico 9. Le habían dado dos días de licencia para ir a su hogar y pensó que el motivo era que ya estaba próximo a que le dieran la baja porque ya había comenzado el servicio la clase siguiente. Dejó su teléfono, como se lo solicitaron, y estaba muy contento porque iba a su casa. Pero en realidad la licencia no era tal, dice Mario: “los militares ya sabían, ya habían hecho el embrollo”. Apenas había llegado cuando lo llaman a la casa de su hermano para decirle que tenía que presentarse en el Palomar. A su vez Mario tenía que llamar a otro, y ése a otro, porque se había hecho una cadena para convocarlos.

“Era el manotazo de ahogado que habían armado para permanecer en el poder. Habían hecho un desastre que ya no les entraba en el cajón y necesitaban tiempo para limpiar todo. Ya se venía la onda de que la cosa no le daba para más a los militares”, dice Mario. Y agrega: ’Vamos con el patriotismo’, dijeron ellos. Y ahí tenés la Plaza de Mayo lo que fue, todos con las banderas”.

Mario Palacios foto 1

-¿Qué pensaste cuando te llamaron?

-No caía. Les conté a mis amigos y ellos se pusieron mal, las chicas lloraban. A la noche hicieron un asado como despedida… yo no entendía nada, seguía sin caer. A nosotros no nos decían que íbamos a ir a Malvinas, sino que teníamos que presentarnos en el cuartel. Pensábamos que no pasaba nada, que íbamos como refuerzos, como reservistas. Nos subieron al avión en Palomar, bajamos en Comodoro, al cuartel, y ahí nomás bolsón, portaequipos… entonces nos dimos cuenta de que la cosa no era como pensábamos.

-¿Sentiste miedo?

-¿Sabés que no? Miedo no, incertidumbre. Nos subieron en un Boeing de los chiquitos de Aerolíneas y nos bajaron en Malvinas. Pasó más de un mes hasta que empezó el primer combate. Tomamos conciencia ese día, el 1º. de mayo. Venían preparando lo de los radares aéreos, sonaban. No sabíamos qué era eso, y preguntábamos qué eran esas sirenas. Nos dijeron que eran los radares que empezaban a sonar cuando detectaban un avión y buscaban el blanco.

Ese día comenzaron a sonar las sirenas y no paraban, ya no era un entrenamiento. Sacamos la cabeza y pasaban los Sea Harrier y empezaron a tirar. Ahí empezaron muchos pibes a llorar, otros se descompusieron, otros consolándonos unos a otros… Hubo pibes que no soportaron, que se les hizo un lío en la cabeza, relacionaron la guerra con la muerte, y estaba bien, era lógico.

-Posiblemente esos chicos fueron las primeras víctimas…

-Es muy posible. Había mucho temor ya desde el primer día. Tanto nosotros en tierra como los que iban en el Belgrano éramos todos pibes, todos colimbas. Teníamos instrucción de tiro pero no de guerra, instrucción de guerra nada, nunca. No sabíamos si teníamos que tirar agachados, cómo teníamos que avanzar…

-Me imagino que las armas que les dieron eran obsoletas.

-Sí, los milicos hacen las cosas todo por reglamento. Yo tenía de provisión una Pam, que es una ametralladora para asalto, de las que usa la policía para un problema interno. Tirabas diez tiros y se te calentaba el caño, ¡una porquería! Agarrabas un Fal, no tenían número, ¡cualquiera! Después, cuando estabas ahí, cuando iba pasando el tiempo, ya te hacías como un vaqueano de la guerra, ya te aprendías a manejar, a mover, ya no había ese miedo con los milicos, ya no había respeto, porque antes era el respeto por el miedo: “sí mi General, sí Cabo Primero”. Se acabó Cabo Primero, se acabó todo.

-Hubo muchos abusos por parte de los jefes con sus propios soldados, parecía que el enemigo estaba dentro de las propias trincheras.

-Sí, yo fui uno de los estaqueados. ¿Viste la manía que tienen los milicos de degradarte, de denigrarte? Eso lo utilizaban siempre, y ahí también lo utilizaban. ¿Por qué no nos dejaban comunicar con nuestra familia? ¿Por qué no les podíamos mandar una carta para que supieran que estábamos bien? Eso levanta totalmente el ánimo a tus pares, a tus hermanos, recibís una respuesta de ellos y te circula la sangre, ¿me entendés? Y no nos dejaban mandar cartas. Había muchos pibes llorando, yo tenía muchos compañeros clase 63, sólo dos éramos clase 62; “soldados viejos” nos llamaban. Me puse a la cabeza y les dije que escribieran cartas y me las dieran. Porque no controlaban si vos entrabas o salías, y estábamos cerca del centro, donde estaba el correo.  Todavía no había empezado el combate, si hubiera sido así sería entendible que no nos dejaran llevar correspondencia, pero en ese momento era inexplicable. Por eso queríamos llevar tranquilidad a nuestras familias, decirles que estábamos bien, que estábamos comiendo. Con mi otro compañero de clase 62 cargamos las cartas en un bolso, no teníamos guardia ni nada, salimos de la unidad y nos fuimos caminando por la ruta. Había soldados por todos lados, todos vestidos iguales, pero tuvimos la mala suerte de que pasara el Mayor de nuestra unidad en un jeep, nos bajamos la visera y seguimos. De pronto oímos que el jeep frena y da vuelta, nos pregunta: “soldados, ¿quiénes son?”, le contestamos: “Batallón Logístico 9, Mayor”. Nos llevó hasta el regimiento y ahí nos estaquearon.

-Una vergüenza el maltrato, reconocido hasta por soldados ingleses.

-Sí, es denigrante, ellos se comportaban así en el servicio militar, y siempre. Hicieron una guerra para pelear con sus mismos soldados, ¡terrible! En vez de ponerle ánimo a la tropa, para que los tipos tuvieran ganas, para que luches contra el miedo, contra la angustia que tenés adentro; no, parecía que te estaban atacando a vos.

-Además pasaron frío y hambre.

-Sí, eso obvio. Al principio usaban las cocinas de campaña, se hacía la sémola que nos daban, polenta… después con la historia de que los ingleses traían un misil que buscaba calor, no se podía cocinar. Entonces comíamos corned beef, esas viandas que armaban, pero te llegaban la mitad, porque, por ejemplo, veías la de un Cabo que traía una botellita de whisky “Criadores”, tenía chocolate, bien armada. La vianda era la misma que la nuestra, pero la nuestra tenía corned beef, un par de latas de paté y galletitas. Lo que más bronca dio fue que cuando los ingleses tomaron la isla y cuando nos llevaron al centro de operaciones logísticas –yo no lo vi porque estaba herido-, patearon y abrieron los depósitos y estaban atestados de comida, latas de dulce de batata, chocolates, abarrotados de comida. Es el día de hoy que no entiendo eso. Decían que estaban acopiando para la guerra, pero ¿cuánto iba a durar una guerra con los ingleses? ¿más de lo que duró? Tardaron ellos porque se tomaron su tiempo para bajar… Porque los militares nuestros, en vez de hacer un perímetro -yo no soy militar ni entiendo nada, lo poco que sé es de mirar películas-, para que no desembarcaran, los dejaron desembarcar. Imaginate que una vez que dejaste desembarcar, es como dejarle a un león la puerta abierta de tu casa, te come. Si no querían que bajaran habría que haber minado toda la costra, pero las minas eran insuficientes, no había más para colocar.

-Si se hubieran hecho las cosas bien quizás los resultados hubieran sido otros.

-Si los militares argentinos hubiesen trabajado para lo que estudiaron, hubiese sido diferente. Porque por ahí se perdían vidas, pero por ahí los tipos se podían llegar a retirar, o podían llegar a traer más soldados, pero por lo menos era algo justificado. Decir “fui”, viste, perdieron la vida un montón de pibes pero no tan al pedo. Dejaron bajar a los ingleses, se instalaron, eran especialistas. Fueron avanzando de a poco, atacaban los fines de semana, porque los gurkas cobraban doble. Nosotros estábamos tranquilos de lunes a jueves; los viernes, sábados y domingos, vos no sabías si los misiles te caían en la cabeza. Las tropas tendrían que haber estado más lejos, calculando la distancia a la que llegaban los misiles, nada de eso se hizo.

-Podemos decir que los que volvieron lo hicieron por la gracia divina.

-Sí, gracias a Dios los que volvimos fue el mayor número. Date cuenta que murió más gente en la post guerra y el número de suicidios fue enorme, mucho mayor que el de los que murieron allá.

-¿Qué sentiste cuando volviste?

-Un gran alivio. Yo volví herido en el barco “Bahía Paraíso”, que era nuestro. Los que no estaban heridos volvieron en buques ingleses.

-¿Tu familia sabía que estabas vivo?

-Sí, pero la información que les daba la Escuela no era exacta. Mi mamá creía que yo volvía sin una pierna y cuando llegué y abrí la puerta se me tiró a las piernas. “Tenés las dos, tenés las dos”, me decía. “Sí, tengo las dos, ¿qué pasa vieja?”. Después vinieron mis amigos, todos llorando. Esa parte fue muy emocionante.

-¿Te sentiste el héroe del barrio?

-Sólo por un momento, como la bolsa que levanta un momento y después baja, después bajó. Los que tuvieron suerte pudieron estudiar, otros tuvieron algún amigo o alguien que los pudo encarrilar, o alguna ayuda psicológica. Pero la gran mayoría, nada. Tampoco se conseguía trabajo porque se decía que éramos gente violenta…

-El Estado no se encargó de nada.

-No, en ese momento lo único que hacían los milicos era llamarte para hacerte firmar que te habían tratado bien, que no habías hecho nada, te interrogaban, todo eso, lo único. Pero no te preguntaban si estabas bien, si necesitabas algo, no te hacían ningún chequeo, nada. Por eso los que salieron adelante más rápidamente fueron los que tenían contacto político con el gobierno de Alfonsín. Así que la ayuda era por amistad o porque estabas haciendo una carrera… si no tenías alguien que te acomodara… como fue siempre… Pero lo nuestro era una causa, era un grupo, había que agarrar al grupo y manejarlo, no dejarlo tirado, por eso tantos suicidios. Unos pudieron progresar, otros formaron su familia, otros trabajaron, la remaron como pudieron, bancaron la cabeza como venía y le dieron para delante con el corazón, sin ninguna ayuda externa. Recién en el gobierno de Cristina la pensión que cobramos fue actualizada y tenemos atención médica.

-Nosotros, el pueblo común, a pesar del horror, a pesar de que fueron utilizados por una dictadura siniestra que estaba decadente, les estaremos siempre agradecidos a aquellos chicos inocentes, que dieron todo.

-Fue el manotazo de ahogado de los milicos para perpetuarse en el poder, nosotros fuimos el instrumento, y fuimos el mismo instrumento que le devolvió la democracia al país, porque se perdió la guerra y los milicos desaparecieron. Los políticos no podían hacerlos salir, no iban a entregar el poder. Así que al perder la guerra, cosa que no fue preparada, imaginate que éramos todos pibes, se les terminó todo.

 

Le agradezco a Mario Palacios que me haya contado su durísima experiencia, debemos saber que en el barrio de Catalinas Sur, tenemos un héroe, anónimo para muchos, pero que realmente ha hecho historia. Una historia diferente, una historia que vivirá para siempre en la vida y en la memoria de cada habitante de suelo argentino. También le agradezco por haber sido protagonista de la vuelta a la democracia en nuestro país. Y le pido perdón, en nombre del pueblo, por lo que tuvo que vivir debido a la demencia de los dictadores que pretendían dirigir el destino del país.

Magdalena Cabrera   |  

Enrique Horacio Puccia: el maestro, el historiador, el amigo

Enrique Horacio Puccia, un hombre sencillo y carismático, un amante de las cosas pasadas, un soñador, un “lírico”, como él mismo se describía. Fue un amigo valiosísimo de Buenos Aires Sur, en nuestros comienzos y después, apoyó nuestro trabajo con gran generosidad y desprendimiento. Con él mantuvimos largas …Continuación

Enrique Horacio Puccia, un hombre sencillo y carismático, un amante de las cosas pasadas, un soñador, un “lírico”, como él mismo se describía.

Fue un amigo valiosísimo de Buenos Aires Sur, en nuestros comienzos y después, apoyó nuestro trabajo con gran generosidad y desprendimiento.

Con él mantuvimos largas charlas, reflexiones, anécdotas… y libros, porque nos obsequió muchos de sus libros editados, los que prestigian nuestra biblioteca y enriquecen nuestro conocimiento.

Enrique Horacio Puccia  fue quien nos llevó a vivir tiempos pasados, épocas que no conocimos, porque tenía la habilidad extraordinaria de relatar los hechos y hacernos sentir que éramos partícipes de ellos, que éramos testigos directos.

Buenos Aires Sur charlando con el maestro Enrique Horacio Puccia

Buenos Aires Sur charlando con el maestro Enrique Horacio Puccia

Desempeñó gran cantidad de actividades y ocupó diversos cargos hasta el final. Su edad avanzada (90 años) no le impidieron trabajar, luchar por la difusión de nuestra cultura, realizar conferencias, viajes al interior y exterior, investigar, escribir, ni hacer proyectos. Porque él siempre tenía proyectos, quizás eso y la increíble actividad que desplegaba lo mantenían tan bien y tan lúcido. Todos los que lo conocieron seguramente coincidirán en que parecía que el tiempo no pasaba sobre él, como si se desviara, para no tocarlo.

Don Enrique era el presidente de la Junta de Historia  de la Ciudad de Buenos Aires (presidía las treinta y ocho Juntas de Historia de la Ciudad), vicepresidente de la Academia Porteña del Lunfardo, miembro de la Academia Argentina de Historia, del Instituto Browniano, de la Junta Consultiva de la Academia Nacional del Tango, de la Sociedad Argentina de Historiadores, de la Asociación Fraga y de otras instituciones.

Escribió una vasta cantidad de libros, notas para importantes medios locales y nacionales; realizó innumerables conferencias y disertaciones, y prestigió con su presencia muchísimos actos y eventos.

Por su destacada labor recibió medallas, plaquetas, diplomas y distinciones de diverso tipo, inclusive, y con toda justicia, era Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Pero la distinción que más le llegó fue, como él mismo nos dijo, la que recibió el Día de la Policía por parte de la Comisaría 26: “La que tiene una leyenda donde dice que me consideran una buena persona. Por sobre todos los títulos, que los puede ostentar tanto una persona que procede bien como una que procede mal, porque puede ser  especialista en determinada materia pero fallar como ser humano. A mí lo que me interesa es que me consideren una buena persona…”.

Para mostrar otra faceta de su sencilla pero impresionante personalidad queremos compartir con ustedes algo que Enrique Horacio Puccia dijo en oportunidad de recibir el diploma de Ciudadano Ilustre de la Ciudad: “Agradezco a mi esposa Adelina, a quien sólo le pude brindar un mundo de sueños e ilusiones. Sueños e ilusiones que siempre aceptó como la mejor de las riquezas”.

Concluimos este humilde recordatorio con la respuesta que don Enrique nos dio cuando le preguntamos cómo comenzó a interesarse y a sentirse tan atraído por la investigación del pasado de nuestra ciudad: “Esto fue algo que me nació espontáneamente, pero a su vez inculcado, tal vez sin querer, por un humilde inmigrante italiano que quería verdaderamente a esta tierra, y no por interés, porque ni siquiera se pudo hacer su propia casita. Su cariño por las cosas de la ciudad eran reales, no artificiales. ¿Y quién fue ese hombre? Mi padre. El quiso mucho esta tierra, aquí nacimos todos sus hijos. El tuvo la paciencia de pasearme por todos los lugares de la ciudad, y no solamente de pasearme, sino de explicarme el por qué de las cosas… Y continué, hasta estar como mi padre, con una mano atrás y otra adelante, pero muy rico, muy rico en otras cosas. Los bolsillos están flacos, pero el corazón está rebosante de amor por la ciudad”.

Magdalena Cabrera   |  

Agatha Christie: reportaje inédito a la reina del crimen

Sentada en la coqueta silla del salón de té parecía más pequeña de lo que me había imaginado. Se hacía difícil creer que esa noble “abuelita” era una de las más grandes escritoras de novelas policíacas de todas las épocas. Cuando me vio llegar, su rostro arrugado se …Continuación

Sentada en la coqueta silla del salón de té parecía más pequeña de lo que me había imaginado. Se hacía difícil creer que esa noble “abuelita” era una de las más grandes escritoras de novelas policíacas de todas las épocas.

Cuando me vio llegar, su rostro arrugado se extendió en una cálida sonrisa y, luego de intercambiar saludos, me pidió que me sentara frente a ella para que, taza de té de por medio, diéramos comienzo a nuestra charla. Yo, entre incrédula y fascinada, sólo atiné a apretar el botón de mi grabadora.

—Antes que nada, quiero preguntarle algo, ¿Agatha Christie es su verdadero nombre?

—Nací Agatha Miller. Luego me convertí en Agatha Christie, al casarme con el coronel Archie Christie. Ahora soy Agatha Mallowan, que es el apellido de mi actual marido, el arqueólogo Max Mallowan.

—Y supongo que cuando uno se hace famoso con un nombre no es conveniente cambiárselo.

—Así es.

—En cuanto a su vida personal, muchos se preguntarán cómo fue la infancia de Agatha Christie…

—Creo que una de las mejores cosas que le pueden tocar a uno en la vida es una infancia feliz. La mía lo fue. Tenía una casa y un jardín que me gustaban mucho, una juiciosa y paciente nodriza, y por padres dos personas que se amaban tiernamente y cuyo matrimonio y paternidad fueron todo un éxito.

—¿Tuvo hermanos?

—Sí, claro. Madge, mi hermana mayor, era la más dotada de la familia. Era de esa clase de personas que pueden hacer casi todo lo que se proponen. Y luego estaba Monty, mi hermano. Cuando yo era chica —él me llevaba casi diez años— solía molestarme sin piedad, me llamaba “gallina flaca” y yo me echaba a llorar. Mi mamá me decía: “Si no quieres que te moleste, ¿por qué andas siempre corriendo detrás de Monty?”. La pregunta no tenía contestación: mi hermano me fascinaba tanto que no podía alejarme de él. Se murió un día, de pronto, de una hemorragia cerebral. Aún era joven.

—¿Cómo era su relación con su familia?

—A mí me consideraron siempre la “lenta” de la familia. Las reacciones de mi madre y de mi hermana eran extraordinariamente rápidas; era incapaz de seguirlas. Además me costaba expresarme, me resultaba difícil hallar las palabras justas. Sólo cuando cumplí los 20 años, comprendí que el nivel de mi familia había sido más alto de lo normal y que, en realidad, era tan rápida o más que el promedio de la gente. Siempre me ha costado expresarme, probablemente ésta es una de las causas que me han convertido en escritora.

—¿Recuerda qué fue lo primero que escribió?

—Oh, sí, muy bien. Era una especie de melodrama, muy corto, porque me costaba demasiado escribir bien. Yo era muy pequeña. Trataba de la noble dama Madge —la buena—, de la sanguinaria dama Agatha —la mala—, y de la conspiración para apoderarse de la herencia de un castillo.

—¿Qué leía en esa época?

—Los cuentos de hadas tuvieron gran importancia en mi vida. Me encantaban y los leía una y otra vez. Mi hermana Madge me contó la primera historia de Sherlock Holmes, “El carbunclo azul”, y desde entonces no la dejé en paz para que me contara otras. “El prisionero de Zenda” fue mi primer encuentro con la novela. Leía también todas las obras de Julio Verne en francés. Todos los libros que me llegaban los volvía a leer al cabo de un mes; luego, después de un año, me cansaba y escogía otro favorito.

—Devorando todos esos libros su imaginación se vería desbordada. De pequeña eso debió ser una gran influencia. ¿Pensó entonces en convertirse en escritora?

—Sería muy interesante decir que anhelaba ser escritora, decidida a triunfar algún día, pero sinceramente nunca se me ocurrió tal idea. Yo no tenía ambición personal. Sabía que no destacaba en nada. Me gustaba jugar al tenis y al croquet, pero lo hacía mal. Sin embargo, a los 11 años ya había publicado algo. Coincidió con la llegada de los tranvías a Ealing, donde pasábamos algunas temporadas con la tía-abuela. Era una poesía de cuatro estrofas que salió publicada en el periódico local.

—O sea que, quiéralo o no, la semilla ya estaba echada. ¿Y cuándo dio sus primeros frutos?

—Durante la Primera Guerra estudié para enfermera y, como parte de mi preparación para el examen, debía practicar en una farmacia fuera del hospital. Uno de los principales farmacéuticos de Torquay —donde yo vivía— tuvo la gentileza de decirme que fuera a su establecimiento algunos domingos, y que me daría clases prácticas. Fue mientras trabajaba en el dispensario cuando se me ocurrió escribir una historia policíaca. Un tiempo atrás, Madge y yo habíamos leído una novela policial. Creo que era “El misterio del cuarto amarillo”, recién publicada por un autor nuevo, Gastón Le Roux. Entusiasmada, dije que me gustaría escribir una e hice una apuesta con mi hermana. En lo profundo de mi mente estaba la idea: un día escribiría una novela policíaca.

Mi trabajo en el dispensario me ofrecía una oportunidad favorable. Después de comprobar que los recipientes almacenados estuvieran llenos y bien colocados, tenía la libertad de hacer lo que me apeteciera, salvo abandonar el lugar. Reflexioné sobre el tipo de relato policíaco que escribiría. Como me hallaba rodeada de venenos, quizás lo más natural fuera escoger la muerte por envenenamiento. La idea me gustó. Entonces me dediqué a imaginar los personajes. Se trataría de un asesinato íntimo; todo ocurriría en familia, por decirlo de alguna forma. Por supuesto, tenía que hacer un detective. Por aquellas fechas estaba muy influenciada por Sherlock Holmes. Inventaría a uno de mi propia cosecha, que tendría un amigo en calidad de ayudante. Pensé de nuevo en los otros personajes. ¿A quién asesinarían? Un marido a su esposa era el tipo más corriente de asesinato.

Estuve algún tiempo dándole vueltas a la idea. Tenía ya el retrato del asesino. Su aspecto sería más bien siniestro, con una barba negra. Al día siguiente, yendo en el tranvía, vi exactamente lo que deseaba: un hombre de barba negra, sentado al lado de una dama de edad avanzada. Poco más allá estaba sentada una mujer voluminosa y cordial, que hablaba en voz alta sobre los bulbos de primavera. Me los llevé a los tres conmigo al bajar del tranvía para trabajar con ellos.

—Creo adivinar de qué personajes está hablando. A estas alturas me pregunto cómo se le ocurrió crear a su detective Hércules Poirot. ¿Lo sacó de la vida real?

—No precisamente. Al pensar en el detective, repasé todos los que había conocido y admirado en los libros. Sherlock Homes, el primero y el único. Arsenio Lupin: ¿quién era, un criminal o un detective? ¿A quién podía utilizar? ¿Un estudiante? ¿Un científico? Entonces me acordé de nuestros refugiados belgas. Durante la guerra teníamos una verdadera colonia de refugiados belgas instalados en la parroquia. ¿Por qué no hacer que mi detective fuera belga? Pensé, ¿qué tal un oficial de la policía refugiado? Pero un oficial jubilado, no uno demasiado joven. Aquí sí cometí una gran equivocación. El resultado es que mi detective de ficción debería ahora rondar los 100 años. Me decidí por el detective belga. Sería un inspector, para que tuviera ciertos conocimientos sobre el crimen. Debía ser meticuloso, muy ordenado. Además, sería muy cerebral, con la cabeza llena de pequeñas células grises. Ahora necesitaba un nombre ampuloso. ¿Qué tal si llamaba a mi hombrecito Hércules? Su apellido ya resultaba más difícil. No recuerdo cómo obtuve el de Poirot, si se me ocurrió simplemente o lo vi en algún periódico o escrito en algún sitio. Pegaba bien con Hércules: Hércules Poirot.

—¿Cuánto tardó en escribir la novela?

—No era fácil tener tiempo libre, pero me las arreglé. Conservaba aún la vieja máquina de escribir que había pertenecido a Madge, y comencé a utilizarla una vez escrito un primer borrador a mano. Pasaba en limpio cada capítulo, según los terminaba. Me excitaba la nueva tarea; incluso disfrutaba haciéndola. Pero me cansaba mucho y también me enfadaba. Además, a medida que me adentraba en la parte media del libro, las complicaciones se apoderaban de mí.

Fue entonces cuando mi madre me sugirió que lo terminara cuando llegaran las vacaciones. Decidí marcharme a Dartmoor y terminarlo sin que nadie me molestara. Me instalé en un hotel. Normalmente, trabajaba toda la mañana hasta que me dolían las manos. Después me iba a comer y leía un rato. A continuación, daba una vuelta por el páramo. Mientras paseaba, hablaba conmigo misma, interpretando el siguiente capítulo. Era una especie de juego que me apasionaba.

Terminé la segunda mitad del libro en esos quince días de vacaciones. Claro que con eso no había terminado. Tenía que revisar luego bastante, sobre todo la complicadísima parte central. Al final lo terminé y me sentí razonablemente satisfecha con mi obra. Alguien me mecanografió en limpio la novela y la mandé a un editor quien me la devolvió. No recuerdo a dónde la envié la siguiente vez pero me la devolvieron de nuevo. Finalmente, envié el original a la editorial Bodley Head y me olvidé completamente del asunto. Casi dos años después recibí una carta de la editorial. A decir verdad, con todo el lío del final de la guerra me había olvidado por completo del libro. Iban a publicar mi libro. Firmé un contrato, en el cual se estipulaba que yo debía entregarles mis cinco novelas siguientes. Nada de eso significaba gran cosa para mí: lo único importante era que el libro se publicaría. “El misterioso caso de Styles” se vendió bastante bien.

—¿Pensó luego en seguir escribiendo?

—No, de ningún modo. A pesar de la cláusula sobre las cinco novelas siguientes, para mí el libro había sido un experimento único y asilado. Se me había ocurrido escribir una novela policíaca; la había escrito, la habían aceptado y la iban a publicar. Ahí, por lo que a mí respecta, terminaba el asunto. Evidentemente, en esos momentos no pensaba escribir nada más, y creo que si me hubieran preguntado, hubiera contestado que quizás, de cuando en cuando, escribiría alguna cosita. Era una simple aficionada, no tenía nada de profesional; era una simple diversión.

—¿Cómo fue que cambió de opinión?

—La vida se había puesto mucho más cara después de la guerra. Mi marido y yo vivíamos en Londres. Por aquel entonces mi madre ya era viuda y seguía viviendo en “Ashfield”, nuestro hogar de la niñez, que a duras penas podía conservar. A mí me disgustaba mucho no contribuir al mantenimiento de la casa como lo hacía mi hermana. Pero en nuestro caso era realmente imposible: necesitábamos cada penique para vivir. A mí me horrorizaba la idea de vender “Ashfield” y entonces Archie,  mi marido, me convenció para que escribiera otro libro. Quizás ganara un poco más de dinero con una nueva novela. Así que reflexioné sobre el asunto. Suponiendo que lo hiciera, ¿de qué trataría esta vez? La respuesta me vino un día que estaba tomando el té en un local público. Dos personas hablaban en una mesa vecina, refiriéndose a una tal Jane Fish. El nombre me pareció estupendo para una novela. O tal vez Jane Finn sería mejor. Empecé a escribir inmediatamente. Primero lo titulé “La alegre aventurera”, después “Los jóvenes aventureros”, y finalmente se convirtió en “El misterioso Señor Brown”.

—Y ahí entraron en escena Tommy y Tuppence.

—Sí. En aquella época la gente joven estaba desesperada. Habían salido del ejército y no encontraban ningún empleo. Resultaba patético. Pensé usar una pareja en esas circunstancias, una chica que hubiera estado en los servicios auxiliares y un joven que hubiera estado en el ejército. Después —pensé— se verían implicados en un caso de espionaje; sería una novela de espionaje, de suspenso, no policíaca. El libro se vendió bien. Era alentador, aunque no lo suficiente como para que pensara en convertirme en una profesional de la literatura.

—Llegamos entonces a una pregunta esencial, ¿de dónde saca las ideas para los libros? Supongo que se lo han preguntado infinidad de veces.

—Sí, claro. Los argumentos surgen en momentos inesperados: camino por la calle o contemplo con mucho interés el escaparate de una sombrerería y de pronto nace una idea espléndida; entonces pienso: “ahora hay que camuflar el crimen de tal forma que nadie lo descubra”. Por supuesto que hay que trabajar en los detalles prácticos y los personajes te surgen luego lentamente, pero la idea espléndida queda anotada en un cuaderno.

—¿Sus personajes nacen de la vida real, Agatha?

—No. Nada de eso. Me los invento. Son míos… Hacen lo que yo quiero que hagan; son lo que yo quiero que sean… Viven gracias a mí; a veces tienen sus propias ideas, pero eso es sólo porque yo los he hecho reales. Lo que uno no inventa es el escenario, el encuadre. Se halla a nuestro alrededor. Es algo real. Usted ha hecho un crucero por el Nilo, justamente el escenario deseado para determinado argumento. Usted está viajando en el Expreso de Oriente. Se pone a considerar el acierto que supondría convertirlo en el escenario de una historia de intriga, un tren, un hospital, un hotel londinense, una playa del Caribe, una aldea campesina, una escuela de niñas. Uno no inventa eso…

—¿Qué placer encuentra en escribir novelas policíacas?

—Uno de los placeres que encuentro es que hay muchos tipos dónde elegir: el relato trivial de suspenso que resulta especialmente grato de narrar; la historia intrincada, cuya trama es técnicamente interesante, y luego las que describiría como historias policíacas con pasiones subterráneas, no el culpable, el que importa.

—Usted siempre demostró especial preocupación por el inocente. ¿A qué se debe eso?

—Me asusta la falta de interés por el inocente. Cuando se lee la noticia de un asesinato, nadie se horroriza ante la escena en la que, por ejemplo, la débil anciana del kiosco se vuelve para alcanzar un paquete de cigarrillos para el joven ladrón y es golpeada hasta morir. A nadie le preocupa su dolor, su terror ni su piadosa inconsciencia final. No se considera la agonía de la víctima, sólo apenas la juventud del asesino. Hay que proteger al inocente, pues tiene derecho a vivir en paz y amor con sus vecinos.

—¿Qué es lo más importante que debe tener un relato policial?

— Lo fundamental en un buen relato policíaco es que el criminal tenga un motivo obvio, pero que al mismo tiempo, por alguna razón, no resulte tan obvio y que además, parezca que no haya podido hacerlo, aunque, por supuesto, sea realmente el asesino.

—Una vez que tiene la idea, ¿le resulta fácil empezar a escribir?

—Siempre existen esas tres horribles semanas, quizás un mes, en las que se intenta empezar un libro. Es una agonía horrorosa. Uno se sienta en una habitación, mordiendo un lápiz, mira la máquina de escribir, camina de un lado a otro o se deja caer en un sillón y parece que la cabeza le va a estallar. Se produce una gran perturbación interior, largas horas de supremo aburrimiento, parece que nunca se volverá a la normalidad. De pronto, por alguna razón desconocida, el “motor” interior se pone en marcha.

—Cambiando, aunque no del todo, de tema… ¿cómo surgió la señorita Marple? Tengo entendido que se parece mucho a su abuela.

—Sólo una ligera semejanza. Es también una anciana blanca y sonrosada quien, a pesar de haber llevado una vida muy retirada, siempre ha demostrado tener un gran conocimiento de la depravación humana. Es posible que el personaje de la señorita Marple surgiera por lo que disfruté al describir a la hermana del Dr. Sheppard, en “El asesinato de Roger Acroyd”, la solterona un tanto mordaz, curiosa, que lo sabe todo, que lo oye todo. Es del tipo de persona que siempre espera lo peor de todos y de todo y que, además, con una certeza aterradora, se demuestra que tiene razón.

—¿Qué le hizo incursionar en el teatro? No todo el mundo conoce esa faceta de su profesión.

—Quizás me impulsó a ello lo poco que me habían gustado las adaptaciones de mis libros para la escena. Cuando me lo sugirieron por primera vez, no tenía idea de lo mal que se pasa para llevar a cabo una obra de teatro. Una historia policíaca no es lo más adecuado para una obra teatral y su adaptación es más difícil que la de un libro ordinario debido a lo complicado de la trama.

—Pese a esas dificultades usted ha logrado algo único: su obra “La Ratonera” se ha convertido en la obra de teatro de mayor permanencia en cartel de toda la historia. Estamos hablando de 62 años. ¿A qué acredita usted semejante éxito?

—A parte de la respuesta obvia: ¡suerte!, creo que la única razón que serviría es que tiene algo para todas las preferencias. Les gusta a los jóvenes y también a las personas de edad. No quiero pecar de presumida, pero pienso que para ser una obra ligera con humor y emoción está bien construida. La trama se desenvuelve de tal forma que se quiere saber cómo continuará y nunca se intuye lo que pasará al cabo de unos minutos. Además, aunque existe la tendencia de que los personajes de casi todas las obras que llevan largo tiempo en cartel sean caricaturescos, en “La Ratonera” todos podrían ser personas reales.

—Otra cosa que pocos conocen es que usted escribió seis libros bajo el seudónimo de Mary Westmacott.

—Lo que entonces quería era escribir algo que no fuesen novelas policíacas. Así que, con cierto sentimiento de culpabilidad, me entretuve escribiendo una novela titulada “El pan del gigante”, a la cual siguieron otras. Trataba de la música y ponía de manifiesto lo poco que conocía del tema, desde el punto de vista técnico. Nadie supo que la había escrito yo. Mantuve el secreto durante 15 años. Tuvo buena crítica y se vendió bastante bien para lo que yo pensaba que era una “primera novela”.

—De todos sus libros, ¿cuál es el que más le satisfizo?

—Una novela de Mary Westmacott, “Lejos de ti esta primavera”. Era la historia que siempre quise escribir, que siempre había estado clara en mi mente. Escribí ese libro en tres días seguidos. No era demasiado largo, pero había estado conmigo durante mucho tiempo.

—¿De qué trata el libro?

—Es el relato de una mujer; una imagen completa de lo que ella es y de la que tiene un concepto muy erróneo. Esto se le revela al lector a través de sus actos, sentimientos y pensamientos. Intenta constantemente encontrarse a sí misma sin llegar a conocerse y cada vez se siente más a disgusto. El hecho de estar —por primera vez en su vida— sola, completamente sola durante cuatro o cinco días la hace darse cuenta de esa situación.

—Volviendo a sus novelas policíacas, ¿cuáles son las que más le gustan?

—Las que más me gustan son “La casa torcida”, “Inocencia trágica” y “El caso de los anónimos”.

—¿Alguna que no le guste?

—Probablemente “El misterio del tren azul”. Cada vez que lo leo lo encuentro vulgar, lleno de estereotipos y con una trama sin interés. Cuando escribí ese libro me impulsaba desesperadamente la necesidad de ganar algún dinero.

—Usted ha tenido una vida plena y llena de satisfacciones. Más allá de su tremendo éxito como escritora, ¿con qué ha disfrutado más?

—Me parece que con las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Cuando adornaba la cabeza gris de mi niñera con cintas azules, cuando jugaba con Tony, mi perro, cuando corría detrás de mi aro por las estaciones del ferrocarril, cuando jugaba, feliz, con mi madre y cuando me leía a Dickens con las gafas sobre la punta de la nariz.

Siempre, al despertar, siento lo que supongo que es natural en todos, la alegría de estar viva. No de una manera consciente, pero ahí estoy, viva; abro los ojos y allí está el nuevo día, un paso más en el viaje hacia lo desconocido, ese estupendo viaje que es la propia vida, que no será quizás estupenda en sí pero lo es por ser propia. Ese es uno de los secretos de la existencia: gozar del don de la vida que se ha recibido.

 

Comentario de la Redacción

Este reportaje —obviamente— es ficticio debido a que la célebre escritora murió en el año 1976. Sin embargo, todas las respuestas son reales ya que han sido extraídas de su “Autobiografía”, publicada por la editorial “Molino” en 1977.

La carrera de Agatha Christie, impresionante, le permitió ocupar el tercer puesto de ventas en el mundo entero. Hasta ahora sólo ha sido superada por la Biblia y las obras de William Shakespeare.

Su primera novela, “El misterioso caso de Styles” fue publicada en 1920, y a partir de ese momento continuó su prolífera carrera hasta 1976 en que se publicó la última novela que escribiera: “Un crimen dormido”. Vemos —y esto conviene aclararlo ya que pocos lo saben— que “Telón” no fue la obra final de Agatha Christie. En realidad la escribió un tiempo atrás —recordemos que, como ella misma dice— Poirot era un hombre muy viejo que ya habría pasado los 100 años de edad. Sin embargo, dado el gran éxito de este personaje tan peculiar, sus “pequeñas células grises” continuaron funcionando y acompañando a su creadora hasta el final de sus días.

Del comienzo al fin la “Autobiografía” es apasionante como sus novelas. Muestra a una mujer sencilla, digna, ocurrente, inteligente, con gran sentido del humor —especialmente reflejado cuando habla de sí misma—, y sobre todas las cosas, muestra a una mujer honesta.

  1. Collins Sons & Co., —editores de gran parte de su obra y de la “Autobiografía”— hacen referencia en el Prefacio de la misma a la personalidad de Agatha Christie, diciendo que “este libro es, ante todo, un himno a la alegría de vivir […]. No cabe duda de que, como autora y como persona Agatha Christie es única”.

La foto de Agatha Christie pertenece a la “Autobiografía” y la foto en la que está con nuestra periodista Mariana Leimontas fue tomada en el Museo de Cera Madame Tussand’s, en Londres, Inglaterra, durante su estadía en ese país.

Mariana Leimontas   |  

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